El mal tiempo
En la alta montaña, el mal tiempo es una circunstancia relativamente frecuente que
puede darse en cualquier estación. No es raro comenzar el día con el cielo despejado
y que al llegar la tarde se desencadene una violenta tormenta. Siempre que podamos
tenemos que informarnos de la previsión metereológica y tenerla en cuenta a la hora
de planificar una ruta. Cuando no es posible, algunos indicios pueden darnos pistas.
El buen tiempo se caracteriza generalmente, por un amanecer de rocío abundante y sol claro y luminoso, con ligeras neblinas en los valles. A veces se forman pequeñas nubes que suben a lo largo del día por las laderas de las montañas hasta desaparecer.
Los insectos se muestran activos y los pájaros vuelan alto.
Notaremos que el tiempo va a empeorar si cambia la temperatura y el cielo se torna
verdoso. Los insectos picadores, tábanos y mosquitos , aumentan su agresividad y se
aprecian franjas rojizas en la puesta de sol. Suele levantarse viento por la noche y en
ocasiones se aprecia un halo alrededor de la luna. Si
la tormenta se acerca es notoria la ausencia de aves,
se agrupan las nubes y se oscurece el cielo. En casos
de mal tiempo, lo más prudente es desplazarse a una
zona desde la que podamos bajar sin complicaciones
si las condiciones metereológicas empeoran.
Las tormentas eléctricas producen rayos y por tanto
son un peligro real en zonas de montaña: las crestas
y las cimas tienen una gran incidencia en cuanto a impactos. El rayo se origina por
una acumulación de cargas eléctricas en la parte inferior de las nubes y en el suelo.
La composición geológica de este es la que provoca la caída del mismo. Unicamente
de forma secundaria será atraído por un objeto saliente, que utilizara para llegar de
forma más rápida a su objetivo. Si pasan menos de 10 segundos entre el relámpago y
el trueno, estaremos en peligro de ser alcanzados. En ese caso evitaremos la cercanía
de fuentes, cabañas y grandes árboles aislados en especial los resinosos y las encinas.
No hay que pararse nunca en la base de los acantilados, bajo extraplomos o al pie de
fisuras verticales, siendo lo más aconsejable permanecer agachados aislándonos del
suelo con la colchoneta y el macuto, en un bloque rocoso o en medio de un nevero y
sin movernos. Por otro lado la lluvia puede complicar nuestros desplazamientos: las
rocas y las zonas de pasto se tornan resbaladizas y si nos movemos en zonas elevadas
puede envolvernos la niebla. Si llueve intensamente puede haber un deslizamiento de rocas y tierra. A veces el agua se desliza hacia abajo originando peligrosos torrentes.
Las tormentas de nieve son tan temibles como las eléctricas. Suelen asociarse con un
descenso en las temperaturas y fuerte viento. Las consecuencias inmediatas son una
importante falta de visibilidad y la desorientación al cambiar el paisaje. Más adelante
si la nieve se endurece, puede complicar un descenso o el retorno a un lugar seguro.
Al mover la nieve al borde de las crestas, el viento forma lenguas que se extienden al
vacío. Estas cornisas se sostienen precariamente y puedes desprenderse en cualquier
momento. Las evitaremos no asomandonos a los cortados.
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